En las últimas semanas de diciembre de 2025, el Estrecho de Taiwan ha vuelto a ser el epicentro de tensiones geopolíticas que mantienen al mundo en vilo. China ha desplegado sus mayores ejercicios militares hasta la fecha, denominados «Justice Mission 2025», con maniobras que simulan un bloqueo total de la isla, fuego real en siete zonas marítimas y aéreas, y la participación masiva de buques, aviones y artillería. Estas operaciones, que comenzaron el 29 de diciembre y se extendieron al día siguiente, responden, según Pekín, a las ventas de armas estadounidenses a Taipéi por valor de más de 11.000 millones de dólares, el paquete más grande jamás aprobado. Para muchos observadores, estas demostraciones de fuerza no son solo un mensaje político, sino un recordatorio crudo de la asimetría militar entre ambas partes del estrecho.
¿Cuál sería la solución frente a la constante presión ejercida por China?
¿Cómo detener a un país que busca someter y destruir a otro que mantiene un sistema democrático sólido y estable? Ante este escenario, la única respuesta efectiva es la disuasión nuclear.
Potencias como Rusia y China utilizan sus capacidades nucleares como herramienta de intimidación, jugando a la guerra, destruyendo vidas y actuando con la impunidad que les otorga su arsenal. Este comportamiento no es más que la expresión de gobiernos que, amparados en el miedo que generan, se sienten intocables. En el fondo, no se trata de valentía, sino de un juego cobarde que pone en riesgo la estabilidad global.
Un programa nuclear taiwanés como disuasor propio restauraría el equilibrio, un arsenal limitado, de unas pocas decenas de ojivas, podría basarse en una «escalada asimétrica»: la garantía creíble de respuesta nuclear ante cualquier intento de absorción forzada. No se buscaría paridad, sino costes prohibitivos para Pekín, con sus grandes centros urbanos al alcance.
Taiwan, una democracia de 23 millones de habitantes con una economía puntera en semiconductores, se enfrenta a un vecino que cuenta con el ejército más numeroso del mundo y un arsenal nuclear en rápida expansión, estimado en alrededor de 600 ojivas según expertos independientes
La historia no es ajena a esta idea. Tras la primera prueba nuclear china en 1964, el gobierno de Chiang Kai-shek inició un programa secreto para explorar la viabilidad de armas atómicas. Durante décadas, investigadores taiwaneses avanzaron en tecnologías de enriquecimiento y reprocesamiento, llegando a estar, según estimaciones de inteligencia estadounidense de la época, a uno o dos años de una capacidad de ruptura rápida. Sin embargo, la presión de Washington, aliado clave de Taipéi, obligó a desmantelar el programa en 1988. Un informante de la CIA dentro del proyecto aceleró el fin de aquellas ambiciones. Desde entonces, Taiwan ha adherido unilateralmente al Tratado de No Proliferación Nuclear y ha mantenido una postura oficial de renuncia a las armas nucleares.
Hoy, el contexto ha cambiado drásticamente. China no solo ha modernizado su ejército convencional hasta superar ampliamente las capacidades taiwanesas, sino que ha ampliado su arsenal nuclear con misiles hipersónicos, submarinos de lanzamiento balístico y ojivas de bajo rendimiento aptas para teatros regionales. Informes del Pentágono advierten que Pekín podría considerar el uso nuclear limitado si una derrota convencional amenazara la supervivencia del régimen o sus fuerzas nucleares. En este escenario, la doctrina china de «no primer uso» se ve cuestionada por analistas que señalan excepciones implícitas en casos de amenazas existenciales, como una invasión fallida de Taiwan.
Solo un disuasor atómico propio equilibraría la balanza
Expertos como los del Atlantic Council o el Center for Strategic and International Studies han simulado escenarios donde un conflicto por Taiwan escalaría rápidamente a lo nuclear si China percibe que la intervención estadounidense pone en riesgo su régimen. La ausencia de disuasión nuclear taiwanesa facilita decisiones agresivas en Pekín. Por el contrario, un Taiwan armado nuclearmente generar el modelo de disuasión mutua que estabiliza el statu quo.
Además, el ejemplo de Ucrania pesa en el debate. Kyiv renunció a su arsenal heredado de la Unión Soviética a cambio de garantías de seguridad que resultaron insuficientes ante la invasión rusa, muchos en Taiwan ven paralelismos, la protección del paraguas nuclear de Estados Unidos puede estar comprometido dependiendo del gobierno en turno.
Un arsenal limitado crearía costes inaceptables para Pekín, restaurando un equilibrio similar al de la disuasión mutua y evitando que China utilice su capacidad atómica como escudo para la intimidación y la agresión. Aunque esta opción conlleva riesgos diplomáticos y de proliferación, el precedente de Ucrania sugiere que renunciar a la bomba en un mundo de potencias nucleares agresivas puede resultar fatal. En última instancia, para un país libre que no desea someterse, la disuasión nuclear aparece no como una elección deseable, sino como la respuesta inevitable ante gobiernos que se amparan en el miedo atómico para actuar con impunidad.
