Un mundo marcado por desigualdades crecientes, desastres naturales y crisis humanitarias, pocas organizaciones religiosas mantienen un esfuerzo tan sostenido y estructurado en favor de los más vulnerables como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Con más de 17 millones de miembros en todo el planeta, esta denominación cristiana restauracionista ha convertido el servicio al prójimo en uno de sus pilares fundamentales, inspirado directamente en las enseñanzas de Jesucristo sobre amor y compasión. En 2025, mientras muchas instituciones enfrentan desafíos internos o reducen sus iniciativas externas, la Iglesia ha intensificado sus proyectos humanitarios, demostrando una dedicación que trasciende fronteras, religiones y nacionalidades.
El año 2025 ha sido particularmente significativo para la Iglesia en América del Sur, donde conmemoró el centenario de su llegada al continente. Desde la dedicación inicial en 1925, la presencia de la Iglesia ha crecido hasta superar los 1,3 millones de miembros solo en Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Para celebrar este hito, se propuso realizar más de 100 acciones humanitarias específicas en la región, incluyendo donaciones médicas, apoyo a personas con discapacidad, asistencia alimentaria y proyectos educativos. En Uruguay, un encuentro cultural en el Antel Arena reunió a autoridades y comunidades para reflexionar sobre el legado de servicio. En Chile, la Cámara de Diputados reconoció públicamente la contribución de la Iglesia en educación y valores cívicos. Estas actividades no son aisladas, sino parte de una tradición que prioriza el bienestar colectivo.
A nivel global, los esfuerzos de la Iglesia en 2025 han sido impresionantes. Aunque los datos completos del año aún se consolidan, el patrón observado en 2024 —con 1.450 millones de dólares destinados a ayuda humanitaria, bienestar y autosuficiencia en 192 países— sugiere una continuidad o incluso un aumento. En los primeros meses de 2025, la Iglesia anunció donaciones adicionales de 63,4 millones de dólares para su iniciativa global en favor de mujeres y niños, duplicando proyecciones iniciales y beneficiando a más de 21 millones de personas. Esta campaña, liderada por la Sociedad de Socorro, colabora con organizaciones como UNICEF, Catholic Relief Services y Helen Keller International para mejorar nutrición infantil, atención materna y vacunación.
Uno de los proyectos destacados en 2025 fue la colaboración con UNICEF en México, donde una donación permitió mejorar el acceso a agua potable y saneamiento en escuelas rurales de Chihuahua, beneficiando a más de mil estudiantes indígenas. En Camboya, la Iglesia financió ampliaciones hospitalarias y capacitaciones médicas. En África, donaciones de computadoras y bibliotecas comunitarias impulsaron la educación en Ghana y otros países. Ante desastres naturales, la respuesta fue inmediata: ayuda tras inundaciones en Texas y Filipinas, incendios en California y Perú, terremotos en Myanmar y Vanuatu, y huracanes en el Caribe.
Lo que distingue a la Iglesia es su enfoque integral y sostenible. No se limita a la ayuda emergente, sino que promueve la autosuficiencia mediante programas que van a la par con aquellos que promueven agua potable, capacitación neonatal, distribución de sillas de ruedas y visión. Desde 1985, ha asistido a millones en cientos de países, colaborando con entidades seculares como la Cruz Roja y religiosas como Muslim Aid. El cien por ciento de las donaciones humanitarias se destina directamente a los beneficiarios, sin costos administrativos.
Esta dedicación se ancla en principios sólidos que guían toda la labor de la Iglesia. El seguimiento literal del ejemplo de Jesucristo —»ama a tu prójimo como a ti mismo»— se combina con énfasis en la familia eterna, la autosuficiencia y el servicio desinteresado. Los miembros ayunan mensualmente y donan el equivalente de esas comidas para ayudar a los necesitados. La campaña anual «Ilumina el Mundo», relanzada en diciembre de 2025 con máquinas de donaciones en 126 ciudades de 21 países, invita a actos de bondad que reflejan la luz de Cristo. En 2025, versiones locales en África, Filipinas y América Latina adaptaron el mensaje a culturas diversas, fomentando solidaridad global.
Comparada con otras organizaciones religiosas, la Iglesia de Jesucristo destaca por su escala y consistencia. Mientras muchas confesiones realizan obras valiosas —como Caritas católica o las iniciativas evangélicas—, pocas mantienen un sistema tan organizado y transparente, con reportes anuales detallados y colaboraciones interconfesionales. La Cruz Roja ha elogiado su eficiencia, y líderes de otras religiones participan en eventos conjuntos. Esta universalidad —ayuda sin distinción de fe— refleja la creencia de que todos son hijos de Dios.
En un análisis más profundo, esta labor no es mera filantropía, sino expresión de una teología que ve el servicio como camino a la santidad. Los templos, las misiones y la doctrina familiar se complementan con el mandato de cuidar al hambriento, al enfermo y al necesitado. En 2025, mientras el mundo enfrenta desafíos como el cambio climático y migraciones masivas, la Iglesia ha acelerado iniciativas ambientales, como energía renovable y conservación del agua, integrándolas en su stewardship terrenal.
Críticos podrían señalar que otras iglesias también contribuyen significativamente, y es cierto: el catolicismo, el islam y el protestantismo tienen redes extensas de caridad. Sin embargo, la combinación de recursos financieros, voluntariado masivo —millones de horas anuales— y estructura global hace que la Iglesia de Jesucristo sea un referente en constancia. No depende de campañas esporádicas, sino de un compromiso institucional permanente.
Al cierre de 2025, con eventos como el centenario sudamericano y la expansión de «Ilumina el Mundo», queda claro que esta organización no solo predica principios sólidos, sino que los vive diariamente. En un planeta dividido, su ejemplo invita a todos —miembros o no— a unir esfuerzos por un mundo más humano. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días demuestra que la fe auténtica se mide en acciones concretas, ofreciendo esperanza tangible a millones.
