Una semana de protestas sacude Irán: el régimen teocrático enfrenta su mayor desafío desde 2022

Teherán, 5 de enero de 2026. Lo que comenzó como una huelga de comerciantes en el Gran Bazar de Teherán el 28 de diciembre de 2025 ha evolucionado en apenas una semana en la ola de protestas más extensa y violenta que Irán ha visto desde el movimiento Mujer, Vida, Libertad de 2022. Las manifestaciones, detonadas por el colapso histórico del rial iraní y una inflación que supera el 42%, se han propagado a más de 220 localidades en 26 de las 31 provincias del país, según informes de organizaciones de derechos humanos como HRANA y Hengaw. Al menos 20 personas han muerto, incluyendo tres menores, y cerca de mil han sido detenidas, mientras las fuerzas de seguridad responden con munición real y gases lacrimógenos.

El origen económico es innegable. El rial alcanzó mínimos históricos, con el dólar cotizando por momentos en 1.450.000 riales, lo que ha pulverizado el poder adquisitivo de millones de iraníes. La inflación anual ronda el 42%, con picos mensuales en alimentos del 6-7%, algo sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, según expertos. A esto se suman cortes de electricidad y gas recurrentes, sanciones internacionales reactivadas y el impacto residual de la guerra de 12 días con Israel en junio de 2025, que dañó infraestructura clave. Comerciantes, que tradicionalmente se benefician de la inflación, esta vez protestan por la inestabilidad total: no saben si comprar, vender o siquiera abrir sus tiendas.

Pero las demandas han trascendido lo económico rápidamente. En ciudades como Isfahán, Kermanshah, Shiraz, Mashhad, Lordegan y Kuhdasht, los manifestantes han revivido consignas del 2022 como «Mujer, Vida, Libertad» y «Muerte al dictador», dirigidas directamente contra el líder supremo, Alí Jamenei, de 86 años. Otros cánticos critican la priorización de gastos en proxies regionales: «Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán». Incluso han surgido referencias monárquicas, como «Javid Shah» o menciones a Reza Pahlavi, el hijo del último sha exiliado. Funerales de víctimas se han convertido en nuevas protestas, con enfrentamientos donde los manifestantes han incendiado vehículos policiales, edificios de Basij y hasta seminarios religiosos.

La respuesta del régimen ha sido mixta y revela tensiones internas. El presidente Masoud Pezeshkian, elegido en 2024 con promesas de moderación, ha reconocido las quejas como «legítimas» y prometido diálogo con representantes de los manifestantes, incluso reunirse con ellos. Admitió que sin resolver los problemas de subsistencia, «no podremos gobernar». Sin embargo, carece de control real sobre las fuerzas de seguridad, dominadas por los Guardianes de la Revolución y leales a Jamenei. Este último, tras días de silencio, habló el 3 de enero para diferenciar «protestas» de «disturbios», exigiendo mano dura contra los «alborotadores» y acusando a Estados Unidos e Israel de orquestarlo todo. «No cederemos al enemigo», declaró, mientras rechaza cualquier concesión.

La represión ha sido brutal en provincias occidentales y centrales, con reportes de disparos directos contra multitudes desarmadas. En Azna y Lordegan, murieron varios manifestantes al intentar tomar comisarías; en Malekshahi, un agente de seguridad perdió la vida. La ONU ha condenado el uso excesivo de fuerza, urgiendo respeto al derecho a manifestación pacífica. Internet ha sufrido interrupciones masivas, atribuidas oficialmente a ciberataques, pero vistas como intento de censura.

El contexto internacional agrava la crisis. El presidente estadounidense Donald Trump ha amenazado directamente: si las fuerzas iraníes «matan violentamente a manifestantes pacíficos», Washington «vendrá al rescate» y golpeará «muy duro». Israel, por su parte, ha expresado apoyo verbal a los manifestantes, con inteligencia que revela planes de evacuación para Jamenei y su círculo cercano hacia Moscú en caso de deserciones masivas. Fuentes en Teherán describen al gobierno en «modo supervivencia», con reuniones de emergencia y asesores sugiriendo críticas públicas al rol de Jamenei.

Analistas coinciden en que este movimiento difiere del de 2022, más centrado en derechos de las mujeres y liderado por jóvenes. Aquí predomina el hartazgo económico, afectando a clases medias y bajas por igual, con participación de pensionistas, estudiantes y hasta sectores tradicionales como bazares. No alcanza aún la escala de entonces, pero su rapidez y dispersión geográfica –de Teherán a remotas ciudades kurdas y baluchis– indican un descontento acumulado tras años de sanciones, corrupción y aventuras exteriores fallidas, como la caída de Bashar al Assad en Siria.

El régimen ha intentado contenerlo con medidas como declarar festivos masivos por «frío y ahorro energético», cerrando oficinas y universidades en 21 provincias. Pero las calles no se vacían del todo. En barrios de Teherán, protestas nocturnas persisten; en provincias, la violencia escala. Expertos como Saeed Laylaz, exasesor gubernamental, advierten que sin soluciones rápidas, «pasarán cosas importantes en uno o dos meses». Otros ven paralelismos con 1979, cuando protestas económicas derivaron en revolución.

Para muchos iraníes, agotados por décadas de promesas incumplidas, esta semana marca un punto de no retorno. Una joven estudiante en Teherán, citada por The Guardian, resume el sentir: «No hay futuro para nosotros; es ahora o nunca». Mientras el rial sigue cayendo y los precios suben, el régimen enfrenta un dilema: reprimir arriesga escalada mayor; dialogar implica concesiones que Jamenei rechaza. La diáspora iraní, desde Los Ángeles a Estambul, sigue los eventos con esperanza contenida, recordando que revueltas pasadas fueron aplastadas, pero dejando semillas.

Irán entra en 2026 en un equilibrio precario. Las próximos días dirán si esta ola se disipa o crece hasta desafiar las bases mismas de la República Islámica. Por ahora, las calles hablan más alto que los discursos oficiales, y el eco de «Mujer, Vida, Libertad» resuena de nuevo.

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