Tras las protestas en Iran, el régimen recibe una dura advertencia de Estados Unidos.

Teherán, 2 de enero de 2026. Las calles de varias ciudades iraníes han sido escenario de una ola de manifestaciones que, en apenas una semana, han pasado de ser protestas económicas focalizadas a un desafío abierto al régimen teocrático. Lo que comenzó como un cierre masivo de comercios en el Gran Bazar de Teherán, en respuesta al colapso histórico del rial —que llegó a cotizar a más de 1.450.000 por dólar—, se ha extendido a provincias remotas y ha derivado en consignas políticas directas contra el líder supremo, Alí Jamenei, y el sistema de gobierno establecido desde 1979.

Hasta el momento, las autoridades reconocen al menos siete muertes en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, aunque organizaciones de derechos humanos como HRANA elevan la cifra y denuncian el uso de munición real en ciudades como Lordegan y Azna, en la región occidental de Lorestán. Decenas de heridos y más de un centenar de detenidos completan un balance que recuerda las revueltas de 2022, desencadenadas por la muerte de Mahsa Amini, aunque esta vez el detonante es claramente económico.

La inflación ronda el 42 % anual, los precios de los alimentos básicos han subido más del 70 % en algunos casos y el poder adquisitivo de la clase media se ha evaporado. Muchos iraníes, especialmente jóvenes y comerciantes, culpan directamente al gobierno por priorizar gastos en aventuras exteriores —apoyo a milicias en Gaza, Líbano o Yemen— mientras el país sufre sanciones occidentales renovadas y una gestión interna deficiente. En las manifestaciones se han oído gritos como «Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán» o «Muerte al dictador», frases que hace años eran impensables en voz alta.

El presidente Masud Pezeshkian, elegido en 2025 con promesas de reforma y diálogo, ha intentado calmar los ánimos reconociendo las «demandas legítimas» de los manifestantes y ordenando reuniones con representantes de gremios y bazares. En un discurso televisado, admitió que el gobierno está en una «guerra total» con enemigos externos, pero también que, si no resuelve los problemas de subsistencia, «acabaremos en el infierno». Sin embargo, estas palabras no han frenado la escalada. Las fuerzas de seguridad, incluidas las milicias Basij, han respondido con gas lacrimógeno, detenciones y, según testigos, disparos directos.

En este contexto de tensión interna, la intervención verbal del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha añadido un elemento explosivo. En un mensaje publicado en su red Truth Social en la madrugada del viernes, Trump escribió textualmente: «Si Irán dispara y mata violentamente a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, los Estados Unidos de América acudirán a su rescate. Estamos cargados y listos para actuar». La frase, directa y sin ambages, marca un apoyo explícito a los manifestantes que contrasta con la cautela de administraciones anteriores, como la de Barack Obama durante el Movimiento Verde de 2009.

La reacción iraní fue inmediata y contundente. Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y figura cercana al líder supremo, respondió en redes sociales acusando a Washington y Tel Aviv de estar detrás de las protestas. «La interferencia estadounidense en este asunto interno equivaldría a desestabilizar toda la región y destruir los intereses de América», advirtió Larijani, añadiendo que «todas las bases y fuerzas estadounidenses en la región serían objetivos legítimos». Otros altos cargos, como el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, reforzaron el mensaje: cualquier acción de Washington convertiría a sus tropas en blanco.

Este intercambio de amenazas revive viejos fantasmas de confrontación directa entre ambos países. Recordemos que, en junio de 2025, durante la breve guerra de doce días entre Irán e Israel, Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares iraníes, lo que provocó un ataque de misiles iraní contra la base estadounidense de Al Udeid en Catar. Aunque el conflicto se contuvo, las heridas siguen abiertas y el programa nuclear iraní permanece bajo escrutinio internacional.

Analistas consultados por medios internacionales coinciden en que la advertencia de Trump coloca al régimen en una posición delicada. Por un lado, una represión más dura podría desencadenar una intervención estadounidense —aunque expertos dudan de que llegue a ser militar directa, dada la complejidad regional—. Por otro, ceder demasiado ante las demandas populares pondría en riesgo la cohesión del sistema teocrático. «El régimen está acorralado», opina Hadi Ghaemi, director del Centro por los Derechos Humanos en Irán, con sede en Nueva York. «No puede resolver las quejas de fondo sin reformas profundas, pero tampoco tolerar que la gente proteste indefinidamente».

En las calles, la respuesta a las palabras de Trump es mixta. Algunos manifestantes, en vídeos verificados por agencias como Reuters, celebran el apoyo externo y piden más presión internacional. Una joven en Teherán, hablando anónimamente con la BBC, dijo: «Las fuerzas de seguridad tiemblan cuando Trump o Netanyahu hablan, porque saben que podría haber consecuencias». Otros, sin embargo, temen que una injerencia abierta dé al régimen la excusa perfecta para justificar una mano más dura, presentando las protestas como una conspiración extranjera.

Mientras tanto, el gobierno ha declarado días festivos improvisados en varias provincias, cerrando universidades y oficinas públicas con el pretexto del frío invernal, una medida vista como intento de vaciar las calles. Internet sigue accesible en gran parte del país, a diferencia de revueltas anteriores donde se cortaba por completo, lo que permite que vídeos y mensajes circulen rápidamente.

El año 2026 arranca así con Irán en un punto de inflexión. La crisis económica no es nueva —las sanciones impuestas tras la salida estadounidense del acuerdo nuclear en 2018 han sido devastadoras—, pero la combinación con fatiga social acumulada y un liderazgo que parece incapaz de ofrecer soluciones reales ha encendido la mecha. Pezeshkian ha prometido combatir la corrupción y buscar diálogo, pero el tiempo apremia. Si las protestas siguen creciendo, y si las muertes se multiplican, la advertencia de Trump podría pasar de retórica a algo más concreto.

Por ahora, el mundo observa con atención. Europa y países árabes vecinos llaman a la contención, mientras Israel guarda silencio oficial, pero celebra en privado cualquier debilidad iraní. En Washington, el mensaje es claro: Estados Unidos no permanecerá indiferente si la represión cruza ciertas líneas. Queda por ver si esta postura disuade al régimen o, por el contrario, lo empuja a redoblar esfuerzos para mantener el control.

Lo cierto es que, tras décadas de tensiones, la situación en Irán vuelve a ser un polvorín. Y esta vez, el detonante no ha sido una muerte simbólica ni una imposición moral, sino el hambre y la desesperación cotidiana de millones de personas que ya no pueden más.

 

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