Cuando el poder no basta: la caída histórica de dictadores y narcos

Cuando el poder no basta: la caída histórica de dictadores y narcos

La historia tiene una manera implacable de ajustar cuentas, quienes llegan al poder absoluto, ya sea por las armas, el miedo o el dinero sucio, suelen creer que su reinado será eterno. Se rodean de personajes leales al beneficio del dinero o mal habido que les dicen lo que quieren oír, acumulan fortunas inmensas y construyen palacios o imperios invisibles de drogas y armas, o corrupcion. Pero el tiempo pasa y la realidad se impone. Dictadores y narcotraficantes comparten el mismo error fatal: pensar que la historia se puede comprar, intimidar o ignorar, al final, siempre llega el desenlace, y rara vez es plácido.

Tomemos a Manuel Antonio Noriega, el general panameño que durante años se creyó intocable, controlaba Panamá como si fuera su finca personal, traficaba droga con el Cartel de Medellín, lavaba dinero y colaboraba con la CIA cuando le convenía, se sentía protegido, pero en diciembre de 1989 tropas estadounidenses invadieron el país en la Operación Causa Justa, Noriega se escondió y resistió días en la embajada del vaticano, mientras música heavy metal a todo volumen lo torturaba desde altavoces, hasta que se rindió. Lo extraditaron a Estados Unidos, donde cumplió décadas en prisión por narcotráfico y otros delitos. Regresó a Panamá ya viejo, enfermo y olvidado, para morir en 2017 sin poder ni respeto. El hombre que se creía invencible terminó como un recluso común, traicionado por los mismos que lo usaron.

Pablo Escobar representa el arquetipo del narcotraficante que creyó dominar el mundo. Construyó un imperio que movía toneladas de cocaína a Estados Unidos, se hizo multimillonario y hasta entró en política, una frase se hizo legendaria: su oferta de plata o plomo, bombardeó aviones y mató jueces y candidatos presidenciales. En su mente, el Estado colombiano era débil y él era más fuerte, el 2 de diciembre de 1993 el Bloque de Búsqueda lo localizó en un tejado de Medellín y murió acribillado con apenas 44 años. Su familia huyó, su fortuna se evaporó en gran parte y su legado quedó como advertencia de lo efímero del poder criminal, Escobar no vio venir que el mismo pueblo al que aterrorizaba celebraría su caída.

Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, repitió el patrón con variaciones modernas. Fugitivo legendario, escapó dos veces de prisiones de máxima seguridad y se convirtió en símbolo del narco mexicano. Forbes lo listó entre los hombres más ricos del planeta, pero la DEA y la justicia estadounidense no se rindieron, capturado en 2016, extraditado y condenado a cadena perpetua en 2019, hoy pasa sus días en una celda de ADX Florence, en Colorado. Sus túneles, sus sobornos millonarios y su red de contactos no sirvieron de nada cuando el sistema decidió ir por él. El Chapo, que se jactaba de controlar rutas enteras, terminó sin control ni libertad.

En el terreno de los dictadores, los ejemplos abundan. Nicolae Ceaușescu gobernó Rumanía con puño de hierro durante décadas. Construyó un culto a su personalidad, reprimió cualquier disidencia y dejó al país en la miseria mientras él y su esposa vivían en lujo. En diciembre de 1989 una revuelta popular lo derrocó. Capturado junto a Elena, fueron juzgados en un proceso exprés de Navidad y ejecutados contra un muro, el video del fusilamiento dio la vuelta al mundo. El dictador que se creía eterno terminó como un criminal común, repudiado por su propio pueblo.

Muamar Gadafi, en Libia, siguió un camino similar. Durante 42 años controló el país con represión, petróleo y alianzas cambiantes. Se presentaba como líder revolucionario,  acumuló fortunas y era conocidos por abusos contra la población, en 2011 la Primavera Árabe lo alcanzó. Rebeldes lo encontraron escondido en una tubería de drenaje en Sirte, lo capturaron, lo golpearon y lo mataron sin piedad. Las imágenes de su cuerpo ensangrentado recorrieron el planeta, el hombre que se sentía invencible murió humillado y linchado.

En América Latina, la lista es larga. Anastasio Somoza Debayle fue asesinado en Paraguay en 1980 por un comando sandinista. Alfredo Stroessner terminó exiliado en Brasil, olvidado y repudiado. Augusto Pinochet murió en 2006 perseguido por la justicia, con juicios pendientes y su imagen manchada para siempre. Jorge Rafael Videla, condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, falleció en prisión en 2013. Ninguno escapó del juicio histórico.

¿Qué une a todos estos casos? El error de creer que el poder absoluto es permanente, se aíslan en burbujas de adulación, ignoran las señales de desgaste social, subestiman la resiliencia de las víctimas y la paciencia de la justicia. Piensan que el miedo paraliza para siempre y que el dinero compra impunidad eterna, pero la historia enseña lo contrario, el poder sin legitimidad se erosiona, las alianzas se rompen cuando dejan de convenir, los testigos hablan cuando ven una salida. Y, tarde o temprano, llega el momento en que el opresor se convierte en perseguido.

La lección es clara y antigua. Como dijo alguien alguna vez, quien comete crímenes y duerme tranquilo debería mirar la historia. Los dictadores y narcotraficantes que se creen por encima de todo terminan solos, traicionados o abatidos, sus palacios se convierten en ruinas, sus fortunas en leyenda negra y sus nombres en sinónimo de advertencia, la historia no falla porque no olvida, siempre hay un final, y casi nunca es el que ellos imaginan.

En tiempos en que algunos aún sueñan con perpetuarse en el poder o en el crimen organizado, vale recordar estos nombres y sus caídas. No para celebrar venganzas, sino para entender que ningún trono es inquebrantable. El abuso genera resistencia, la resistencia genera cambio y el cambio llega, aunque tome años o décadas, quienes no lo ven pagan el precio más alto: pasar de verdugos a víctimas de su propia arrogancia.

La grandeza de una sociedad se mide también por su capacidad de poner límites al poder desmedido, cuando eso falla, sufren generaciones enteras, pero cuando funciona, aunque sea tarde, la historia avanza y cierra capítulos oscuros. Dictadores y narcotraficantes siguen cayendo porque el deseo humano de libertad y justicia es más fuerte que cualquier imperio construido sobre, corrupcion, miedo o drogas, y eso, al final, es lo que la historia nunca falla en demostrar.

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