Asunción, Paraguay – En un momento que muchos consideraban casi imposible, el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Unión Europea (UE) sellaron este sábado 17 de enero de 2026 un acuerdo de libre comercio que promete transformar el panorama económico global. Tras más de 25 años de idas y venidas, interrupciones y debates acalorados, los representantes de ambos bloques se reunieron en el Gran Teatro José Asunción Flores del Banco Central de Paraguay para firmar un pacto que crea una de las zonas de libre comercio más extensas del mundo, abarcando a más de 700 millones de personas y representando alrededor del 25% del PIB mundial. Este hito no solo marca el fin de una maratónica negociación, sino que también envía un mensaje claro en tiempos de tensiones comerciales: el multilateralismo puede prevalecer sobre el proteccionismo.
Las negociaciones entre Mercosur –integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay como miembros plenos, junto a Bolivia como asociado– y la UE comenzaron formalmente en 1999, aunque las conversaciones preliminares datan de incluso antes. Desde entonces, el proceso ha sido un vaivén de avances y retrocesos. En 2019, se alcanzó un acuerdo en principio, pero obstáculos como las preocupaciones ambientales, especialmente relacionadas con la deforestación en la Amazonia brasileña, y las resistencias de sectores agrícolas europeos frenaron su progreso. Países como Francia, con su poderoso lobby agrícola, han sido vocales en su oposición, argumentando que el pacto podría inundar el mercado europeo con productos sudamericanos más baratos y menos regulados en términos ecológicos. Sin embargo, la perseverancia de líderes como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el empuje de gobiernos sudamericanos liberales, como el de Javier Milei en Argentina, allanaron el camino para esta firma.
La ceremonia en Asunción fue un evento cargado de simbolismo. El presidente paraguayo Santiago Peña, anfitrión del encuentro, dio la bienvenida a una delegación estelar que incluía a von der Leyen, al presidente del Consejo Europeo Antonio Costa, y a los mandatarios de Argentina (Javier Milei), Uruguay (Yamandú Orsi), Bolivia (Rodrigo Paz) y Panamá (José Raúl Mulino). Notoria fue la ausencia del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien envió en su lugar al ministro de Relaciones Exteriores Mauro Vieira. Esta omisión no pasó desapercibida y reveló fisuras internas en el Mercosur, particularmente tensiones entre Brasil y Paraguay por temas bilaterales como la gestión de la represa de Itaipú, y con Argentina por diferencias ideológicas. A pesar de ello, el ambiente fue festivo: discursos emotivos, aplausos y una foto oficial que capturó el momento histórico.
Von der Leyen, en su intervención, elogió el acuerdo como una elección por el «comercio justo frente a los aranceles», contrastándolo con el uso del comercio como «arma geopolítica» en otros contextos globales, como las disputas entre Estados Unidos y China. «Este pacto no solo elimina barreras, sino que fortalece lazos democráticos y promueve estándares sostenibles», afirmó. Por su parte, Milei, conocido por su retórica liberal, celebró el tratado como un «triunfo contra el intervencionismo estatal» que impulsará la competitividad argentina. Peña, meanwhile, subrayó el rol de Paraguay como puente entre regiones, recordando que el teatro elegido para la firma es el mismo donde se rubricó el Tratado de Asunción en 1991, fundacional del Mercosur.
En esencia, el acuerdo elimina gradualmente alrededor del 90% de los aranceles entre los bloques, abriendo mercados para productos industriales, servicios y agrícolas. Para la UE, esto significa un ahorro estimado de más de 4.000 millones de euros anuales en derechos aduaneros para sus empresas. Sectores europeos como la automoción, la maquinaria y los farmacéuticos verán oportunidades en Sudamérica, mientras que los países del Mercosur ganarán acceso preferencial para sus exportaciones de carne, soja, azúcar y etanol. Además, el pacto incluye cláusulas para abrir los mercados de contratación pública, permitiendo a empresas europeas competir en igualdad de condiciones con locales en licitaciones sudamericanas, y viceversa.
Pero no todo es celebración. El acuerdo ha sido polémico desde sus inicios. Ambientalistas y agricultores europeos lo critican duramente. Organizaciones como Greenpeace argumentan que incentivará la deforestación en la Amazonia al aumentar la demanda de productos agropecuarios brasileños, a pesar de que el texto incluye compromisos con el Acuerdo de París sobre cambio climático y estándares de sostenibilidad. En Francia, el presidente Emmanuel Macron había amenazado con vetar el pacto, pero presiones internas en la UE y concesiones de última hora –como mecanismos de monitoreo ambiental– permitieron su avance. En Sudamérica, por otro lado, hay preocupaciones sobre la competencia desleal: industrias locales podrían sufrir ante la entrada de bienes europeos más avanzados tecnológicamente.
Expertos en comercio internacional ven en este tratado un contrapeso al proteccionismo creciente. «con la amenaza de aranceles de E.U., este acuerdo es una bocanada de aire fresco para el multilateralismo», comenta el economista argentino Federico Muñoz en un análisis reciente. Según la Comisión Europea, el pacto podría aumentar el comercio bilateral en un 30% en los próximos diez años, beneficiando economías en recuperación post-pandemia como las de Argentina y Brasil. Para Paraguay, país con una economía agroexportadora, el acuerdo representa una oportunidad de diversificación, atrayendo inversiones europeas en infraestructura y tecnología verde.
Sin embargo, el camino no termina aquí. El tratado debe ser ratificado por los parlamentos de los países miembros del Mercosur y por el Parlamento Europeo, un proceso que podría tomar meses o incluso años. En la UE, opositores como los Verdes y sindicatos agrícolas ya anuncian batallas legislativas. En el Mercosur, la ausencia de Lula plantea dudas sobre el apoyo brasileño, aunque Vieira aseguró que Brasil «cumplirá con sus compromisos». Históricamente, acuerdos similares han enfrentado dilaciones; basta recordar el NAFTA o el CPTPP, que tardaron en implementarse plenamente.
Más allá de los números, este pacto tiene implicaciones geopolíticas profundas. Para la UE, es una forma de diversificar sus cadenas de suministro, reduciendo dependencia de Asia y fortaleciendo lazos con América Latina en medio de la guerra en Ucrania y tensiones con Rusia. Para el Mercosur, representa una inyección de confianza en un bloque que ha sido criticado por su estancamiento interno. «Es un puente transatlántico que une democracias», dijo Costa durante la ceremonia, enfatizando la dimensión política del acuerdo, que incluye capítulos sobre cooperación en derechos humanos, educación y lucha contra el crimen organizado.
En el contexto global de 2026, con una economía mundial aún tambaleante por inflación persistente y conflictos regionales, este tratado llega en un momento oportuno. Podría inspirar otros pactos, como negociaciones pendientes con India o África. Pero también resalta divisiones: mientras von der Leyen lo presenta como «comercio justo», críticos lo ven como un triunfo del neoliberalismo que ignora desigualdades.
En resumen, la firma en Asunción no es solo un cierre de capítulo, sino el inicio de uno nuevo. Si se ratifica, podría reconfigurar el comercio hemisférico, beneficiando a consumidores con precios más bajos y a empresas con mercados expandidos. Sin embargo, su éxito dependerá de cómo se aborden las críticas ambientales y sociales. Como dijo Peña al finalizar: «Hoy no ganamos solo un acuerdo; ganamos un futuro compartido». El mundo observa si este futuro se materializa o se diluye en burocracia.
